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Yo sí te leo: Gregorio Cervantes en conversación con Juan Jorge Ayala



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Diálogo con Gregorio Cervantes Mejía


Acoso al laberinto

por JUAN JORGE AYALA


Si hubiera tenido que adherirse a alguna de las escuelas filosóficas clásicas, seguramente Gregorio (GCM) lo hubiera hecho a la peripatética; camina y cavila mientras toma fotos, sube y baja por la (antes) angélica ciudad como por su casa, comparte en sus redes cuanto puede sobre las historietas de Liniers y es más luthierano que Les Luthiers… y hasta le da tiempo de practicar Tai Chi. Trabaja desde hace muchos años como editor, redactor, corrector y maestro de talleres literarios; aunque no son pocos lo que dicen que quien ocupa su escritorio en realidad es una marmota gigante que, con auricular y micrófono, se dedica a compartir memes mientras él escribe cuentos y relatos. Ha sido parco en publicar —dos libros, y eso luego de que alguien le ha torcido mucho el brazo—, pero han bastado para hacerlo figurar como un destacado narrador mexicano: Cambios de estación (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001) y Geografía imaginaria (Dirección General de Publicaciones-BUAP, 2023). Al acercarme a la propuesta narrativa de Cervantes Mejía, tengo la impresión de que inicio un acoso al laberinto, a la ruina y la memoria; pero esa es la ruta más fácil para aproximarse a su escritura porque se corre el riesgo de extraviarse entre sus ecos tutelares, y de no percibir las sustancias que nutren estos textos madurados en la forja de una incesante reflexión. Ojalá este diálogo sirva como guía para adentrarnos en una obra que aún tiene mucho por decir).




►En alguno de sus últimos poemas, Eugenio Montale escribió que “la memoria fue un género literario desde antes de que naciera la escritura”; y creo que este podría ser un epígrafe permanente para sus libros de cuentos. Por ello, mi primera pregunta es:


JJA: Da la impresión de que no andas en busca de ningún tiempo perdido, sino de los sitios que conservan una memoria viva, de territorios y santuarios donde se pronunciaron palabras que solo pueden recobrarse cuando evocas, no su literalidad, sino su sombra, los ecos que escuchas pegado al cuaderno o al teclado. ¿Cuándo escribes eres consciente de esos significados o es algo que surge más allá de los territorios de tu escritura?

 

GCM: Desde hace algún tiempo considero que la narrativa es un recurso para preservar la memoria. No la histórica, sino la humana, la memoria de nuestra especie. Y que escribir es una manera de traer de vuelta a esa memoria. Desde la infancia tengo muy presente una escena de “Ylla”, el segundo cuento de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, donde cuenta cómo el señor K pasa las tardes en su estudio leyendo los libros antiguos de su biblioteca, libros de hojas metálicas con los caracteres en relieve que, al contacto con las yemas de los dedos, cantan historias de tiempos antiguos, cuando los mares marcianos aún contenían agua y pueblos rivales se enfrentaban entre sí.

     Sí, hay una intención de que esa memoria, ficticia de algún modo, esté ligada a un espacio geográfico. Estoy convencido de que la memoria está ligada siempre a algo físico: un lugar, un sabor, un objeto, un sonido… Y entonces, tener contacto con esos espacios, objetos, sonidos, permite que la historia regrese a nosotros.

Cuando construyo una historia, pienso siempre en inventar un pasado, un pasado mítico, no histórico, a través del cual podamos conectar no con nuestros recuerdos individuales, sino con recuerdos que puedan ser colectivos y que nos ayuden, desde ese regreso, a tener otra mirada sobre nuestro presente.

     Trato también de mantener cierta sensación de lejanía con ese pasado mítico o imaginario: como suele ocurrir muchas veces, por lo menos conmigo, muchas de las historias del linaje familiar, son imprecisas, vagas, incluso distorsionadas por el tiempo y las diferentes versiones.

 

JJA: Sería un tema muy amplio hablar sobre la totalidad de tus referencias y correspondencias, que abarcan desde lo literario —obviamente— hasta lo filosófico, pasando por la historia, la mitología y los avatares cotidianos. Creo que esos ejes son constantes en tu obra, pero ¿hasta qué punto alcanzan para dimensionar tu proyecto literario en general, en el conjunto de lo que escribes y deseas seguir escribiendo?

 

GCM: Algunas referencias son conscientes y deliberadas, por supuesto. Me ayudan a tener un hilo conductor al momento de construir la historia. Y también para establecer un diálogo. Al menos en estos momentos, estoy convencido de que ninguna narración existe de manera aislada sino como parte de una red de complicidades y diálogos literarios. Y es a través de esa red como una historia va avanzando no sólo desde lo anecdótico, sino también desde lo que cuenta en un segundo o un tercer plano, eso que llaman “intertextualidad”.

     Claro que no limito esto solo a lo literario o a lo filosófico (que me resulta inevitable por mi formación académica), sino también a lo cotidiano, a la música, al cine, a la Historia… No se puede escribir sólo desde lo puramente literario: es inevitable que, al crear la narración, se vayan incorporando otros elementos en apariencia ajenos.

     En los dos libros que llevo publicados, por ejemplo, hay una fuerte presencia de los mitos clásicos, porque en el momento en que empecé a escribirlos estaba leyendo y estudiando mucho sobre ellos. Pero de igual manera, en algún otro proyecto en ciernes, el eje temático está dado por la historia de la filosofía, en tono paródico, y por un tema muy poco considerado: la pérdida de las bibliotecas a lo largo de la historia.

Así que este asunto de las referencias que señalas siempre está presente. A veces algún tópico adquiere más presencia que otro, y hay unos más que se cuelan sin ser invitados. Creo que eso tiene que ver mucho también con las preocupaciones que tenga al momento de concebir los relatos.

 

JJA: Me refería a esos ejes temáticos porque hay un puente muy visible entre los dos libros que has publicado hasta ahora, cierta continuidad que prefigura tu “poética”, en el sentido de que hay una esencia casi inalterable en tus cuentos, que es el despliegue de atmósferas que conllevan a una mayor la tensión de la historia. Por ejemplo: el último relato de Cambios de estación (“La sombra de Poseidón”) y los que conforman Geografía imaginaria. Tú como escritor, ¿qué tanto del trabajo de corrección de tus cuentos dedicas a pulir o uniformar una propuesta estética? O mejor: ¿el escritor es consciente de que el trabajo literario no es solo a nivel de lenguaje, sino una actividad que va más allá de una mera revisión y corrección de sus textos?

 

GCM: Cambios de estación surgió como una respuesta, juvenil e insensata, a una línea de Borges en El Aleph acerca de la imposibilidad del lenguaje para mostrar lo simultáneo: “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.”

Durante los meses que siguieron a mi primera lectura de ese cuento, me obsesioné con la posibilidad de que el lenguaje pudiera replicar lo simultáneo. Así que ese primer libro obedeció a esa pretensión, vana y absurda, por supuesto; pero que me permitió explorar posibilidades del idioma que iban más allá de lo que había podido emplear hasta ese momento. Supongo que suele ocurrir eso en el primer libro: se convierte en un laboratorio donde el autor indaga sobre sus propias habilidades para utilizar el idioma.

     Los últimos cuentos de Cambios de estación ya estaban enfocados en una línea un poco distinta: la temporalidad y los niveles de la realidad eran menos importantes ahí que la posibilidad de reconstruir los mitos griegos desde una perspectiva más personal.

En aquel entonces, acababa de descubrir a Mircea Eliade, a Robert Graves, a Jung, y estaba intrigado por la función simbólica de los mitos. Así que los tres últimos cuentos de Cambios de estación obedecen más a ese interés.

     Y cuando di por cerrado ese libro me había propuesto seguir esa nueva línea temática. Sin embargo, el proyecto quedó inconcluso. No logré escribir más que un puñado de cuentos, no todos bien logrados, por lo que dejé de lado el proyecto hasta que los pocos que consideré rescatables se integraron a este otro volumen, Geografía imaginaria.

     Efectivamente, no se trata sólo de una cuestión estética. La revisión y la reescritura, en mi caso, va más allá del mero formalismo. Pienso siempre que un cuento es como una especie de yacimiento arqueológico y paleontológico: por debajo de la historia visible hay diferentes capas con vestigios de otras épocas y que la producción y creación del cuento funcionan como esos larguísimos procesos geológicos que van moldeando el paisaje pero, al mismo tiempo, ocultan y preservan los restos de los procesos y formas de vida que ocurrieron ahí, en ese mismo espacio.

     Así que el trabajo de revisión y reescritura, en mi caso, lleva más esa intención de construir las capas de sedimentos y yacimientos por debajo de la historia visible, a la espera de que los lectores excaven y los encuentren.


JJA: Tú has sido maestro de talleres literarios por muchos años, ¿un taller forma escritores, o sólo debe aspirar a crear buenos lectores?

 

GCM: Empecé a impartir talleres con muchas dudas, sobre mí mismo. Justamente por este dilema: ¿formar escritores o buenos lectores? Y lidié con eso durante mucho tiempo. Creo que eso, de alguna manera, ha influido mucho en la dinámica de los talleres que he impartido y en la manera que he ido enfocando esa actividad.

Alguna vez, un escritor que pasó por mi taller me comentaba que yo sí pretendía enseñarles a escribir (no sé si lo dijo como aportación o como cuestionamiento). Tal vez en algún momento sí tuve esa pretensión, de manera explícita.

     Con los años, me doy cuenta de que los talleres son espacios para compartir: lecturas, experiencias, puntos de vista, sugerencias… Y que la única diferencia entre el tallerista y los asistentes es la experiencia (como lector y como autor). Pero la intención del taller, al menos en este momento, es ayudarnos entre todos los participantes para realizar nuestros propios descubrimientos, para ver, de manera colectiva, lo que quizá no veamos con claridad de manera individual.

     Ya si eso logra formar buenos escritores o buenos lectores, pues realmente es efecto secundario porque el tallerista no puede lograr eso realmente. Es decir: la capacidad, el talento (si existe tal cosa), la perseverancia para construir una obra, no la puede aportar el tallerista. Tal vez pueda acompañar al alumno a desarrollarla o a consolidarla, pero nada más. El desarrollo de un lector y el de un escritor, me parece, sigue siendo un proceso personal demasiado íntimo.

 

JJA: Va a sonar a tautología, pero creo que la formación del escritor nunca es uniforme; es decir, no se casa con un autor, una corriente literaria o un tema para toda la vida. ¿Cómo ha sido tu evolución como lector y cuántas de esas experiencias lectoras han trascendido hasta tu obra?

 

GCM: Creo que ha sido bastante diversa, aunque hay autores que no dejan de estar presentes de manera constante. Una de las marcas más visibles es Borges, a quien descubrí gracias a Carlos Fuentes. Con Borges descubrí cómo integrar en un relato preocupaciones teóricas y también a construir enigmas y bromas desde esos mismos temas que otros abordan con demasiada solemnidad. Como mencioné más arriba, me atrajo en un primer momento por las cuestiones de la temporalidad. El tiempo ha sido uno de los temas que me han inquietado desde siempre: creo que en general estamos tan inmersos en nuestra escala humana y en nuestra dinámica lineal del tiempo, producto de la era industrial, que perdemos de vista otras escalas y otras dimensiones y concepciones. Y la posibilidad de explorar eso siempre me ha llamado mucho la atención.

     Pero antes de Borges, una presencia muy fuerte es la de Amparo Dávila. Su manera de construir el entorno de la historia y de ir transformando la atmósfera y el desarrollo de los acontecimientos para crear un universo delirante donde nada es como parece a simple vista, me dieron el modelo narrativo donde podía desarrollar las historias que a mí me interesaban: esta idea del yacimiento arqueológico que te comentaba en una pregunta anterior.

No puedo pasar por alto, por supuesto, a Kafka y su exploración de los mecanismos de sujeción y dominación del individuo dentro de las sociedades modernas. La reflexión sobre lo absurdo de Camus, o la exploración de la libertad y los conflictos existenciales en Sartre.

     Por supuesto, también están muy presentes Bradbury y Orwell, con su exploración sobre los regímenes totalitarios y la posibilidad del individuo de rebelarse y resistírseles. Y en este mismo plano, Mijail Bakunin ha sido una influencia teórica muy importante para mí.

     Y aquí tengo que agregar un matiz: he sido un lector bastante inquieto. Muy rara vez he leído únicamente literatura. Y eso es algo que comento mucho en mis talleres: leer únicamente literatura es como alimentarse solo con arroz o solo con frijoles, o con maíz: no se pueden obtener todos los nutrientes necesarios de un solo alimento. Así que entre mis lecturas hay mucho de divulgación científica, de historia de la ciencia, de historia en general, de filosofía, de teoría política, de mitología, de historia de las religiones…

 

JJA: A propósito de esto último que comentas, acerca del rechazo a los regímenes totalitarios, la lucha contra el fanatismo y la libertad del individuo, hay un cuento tuyo en Geografía imaginaria (“La verdadera historia de Babel”), que a mí me pareció revelador de esta tendencia masiva de “opinar” por todo y de todo que las redes sociales promueven: ¿crees que en ese nicho donde campea la ligereza de comentarios y opiniones es donde están sucumbiendo las ideas y el pensamiento crítico?

 

GCM: “La verdadera historia de Babel” surgió antes del reciente dominio de las redes sociales. Si la memoria no me falla, las redes aún tenían algo de candor: las usábamos para retomar el contacto con personas a quienes no veíamos con frecuencia o que, geográficamente, se encontraban lejos. Y como tal, pretendíamos (al menos en mi caso) utilizarlas como un espacio de diálogo y de intercambio de ideas y de información.

     Sí había algo que, en lo personal, me inquietaba: la posibilidad de que las supersticiones, los prejuicios sociales, el desdén por el pensamiento científico, recuperaran terreno y se convirtieran en actitudes socialmente aceptables. Quizá porque empezaba a notar algunos sesgos en conocidos y alumnos: personas con formación universitaria que desdeñaban el pensamiento lógico o mostraban actitudes que me parecían poco racionales ante ciertas cuestiones. Y que, paradójicamente, se proclamaban partidarios del pensamiento crítico.

     También está presente, en ese cuento y en otros de Cambios de estación, los sesgos autoritarios que se empezaban a percibir en el país desde hace más de una década. Esas señales, presentes en el discurso político, en el uso de la delincuencia como pretexto para una mayor presencia militar en los ámbitos civiles, en el endurecimiento de las posturas oficiales y de los discursos “correctos” tanto de parte del Estado como de movimientos que se ostentaban como defensores de algunas minorías, me han inquietado mucho. Y esa inquietud está presente ahí, en “La verdadera historia de Babel” y en otros relatos de Geografía imaginaria.

     Por otra parte, mi educación básica transcurrió en un colegio católico, así que desde muy temprano estuve familiarizado con las historias bíblicas. Y mi padre era un asiduo lector de la Biblia, que gustaba comparar diferentes versiones de ese libro y hacer preguntas y plantearse posibles interpretaciones. Así fue como descubrí el potencial narrativo que encierran los mitos bíblicos: permiten jugar con un abanico muy amplio de niveles interpretativos y simbólicos, además de que, en el Occidente cristiano, son estructuras fácilmente reconocibles, para cualquier lector. Por eso me gusta recurrir a ellos.

     Los mitos griegos, nórdicos, mesoamericanos o asiáticos, en cambio, exigen que el lector esté familiarizado con esas tradiciones, que las conozca y se haya acercado a ellas. Ahí, el desafío es mucho mayor. No pasa lo mismo con los mitos bíblicos. Por eso recurrí, en este caso concreto a la historia de la torre de Babel. También porque siento que encierra este sentido dictatorial: la divinidad, ofendida por la pretensión humana de alcanzar los cielos, decide echar por tierra la obra y sembrar la discordia entre los humanos a través del lenguaje: imposibilitar la comunicación es, sin lugar a dudas, uno de los recursos básicos de los regímenes totalitarios.

     Respecto al pensamiento crítico, me parece un término bastante resbaladizo en este momento. Lo hemos asociado con una postura política específica. Asumimos que tener pensamiento crítico consiste en abrazar ciertas causas específicas y en cuestionar a regímenes de determinada línea política (básicamente de eso que llamamos “derecha”).

     En su origen, el término se refiere a examinar un objeto y emitir un juicio a partir de ese examen. Es el sentido a partir del cual Kant, por ejemplo, revisa los límites y alcances del conocimiento humano en su Crítica de la razón pura y de la moral humana en su Crítica del juicio. El sentido crítico no puede alinearse con una postura política porque eso ya implica un sesgo en el juicio, provoca un examen parcial y abre la posibilidad de una mirada distorsionada sobre los acontecimientos. Así que sí, me parece que en estos tiempos adolecemos de una ausencia de sentido crítico, y eso no es resultado exclusivamente de la falta de lectura o de la influencia de las redes sociales.

 

JJA: El ritmo de la producción editorial avasalla, las “mesas de novedades” se llenan de polvo a las pocas semanas y vuelven a llenarse de libros con una rapidez que imposibilita estar al día en lo que se produce literariamente. Carlos Fuentes decía algo así como que hay que leer mucho y leer rápido, porque de todas maneras no alcanzaremos a leer todo. ¿Qué recomiendas más, leer o releer?

 

GCM: Gabriel Zaid le dedicó todo un volumen a esta cuestión: Los demasiados libros. Ahí, con cifras de la producción editorial del momento en que lo escribió, planteaba este mismo dilema: es humanamente imposible leerlo todo. Porque no solo están las novedades del mercado editorial, sino también toda la producción editorial precedente.

     Y ante ese fenómeno, me parece descabellada la pretensión de leerlo todo. ¿Qué implica leerlo todo? ¿Lo debemos entender en términos absolutos y entonces hay que abarcar no solo la producción editorial de literatura, sino también de ciencias sociales, de ciencias exactas, de divulgación, de libros escolares, de temas administrativos, de pseudoterapias, de ocultismo, esoterismo, religión, deportes, pasatiempos, espectáculos...?

     Creo que Fuentes habló muy a la ligera en esa ocasión. Posiblemente en ninguna época de la historia humana ha sido posible, para un individuo, leerlo absolutamente todo.

     Más bien me parece que, conforme uno se desarrolla como lector, va descubriendo las propias inquietudes e intereses. Y a partir de ellas, va discriminando, seleccionando qué necesita y qué no necesita leer. Y también, qué merece ser releído.

     Nuestra relación con los libros es similar a nuestras relaciones con otros seres humanos: algunos nos simpatizan por una breve temporada y después no los volvemos a ver. Hacia otros sentimos antipatía e incluso animadversión y en algún momento los dejamos fuera de nuestras vidas. Con otros más, encontramos tanta afinidad que establecemos relaciones profundas y duraderas. Así que no se trata de leer o releer sino de las relaciones que vamos estableciendo, a lo largo de nuestras vidas con algunos libros.

 

JJA: Finalmente, volvamos al principio de todas las cosas: ¿qué es escribir?

 

GCM: Esta es una pregunta compleja. Y hasta un poco tramposa. En este momento (tal vez más adelante cambie de respuesta) veo esta actividad como una manera muy personal de ordenar el mundo: el interior y el exterior; de tratar de encajar y darle algún sentido a las situaciones que están pasando alrededor. Con suerte, también ayude a compartir eso con alguien y contrastarlo con otros puntos de vista.

Y también, por supuesto, la escritura es un pretexto para la conversación. Porque aunque aparenta ser una actividad solitaria, siempre se está buscando la posibilidad de dialogar con alguien, ya sean los autores a los que uno recurre para construir los propios textos, o con esos lectores (reales o hipotéticos) que uno espera escuchen lo que se está diciendo en el texto. Y en este sentido, el del diálogo y el intercambio de ideas, es como la escritura nos permite recordar que somos humanos.♦




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Esto fue una entrevista con Gregorio Cervantes realizada por el editor y poeta Juan Jorge Ayala en julio de 2026.  Se permite y se agradece su reproducción gratuita, en su totalidad o en parte, en cualquier medio, dando los créditos correspondientes.




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